
Hay dirigentes que hablan como si vivieran en una comunidad distinta a la que habitamos el resto. Como si la despoblación no siguiera vaciando pueblos enteros. Como si los jóvenes no hicieran las maletas cada año buscando oportunidades que aquí no encuentran. Como si el sistema educativo no estuviera exhausto y la sanidad no sufriera una falta estructural de profesionales, recursos y planificación. Como si todo fuera un éxito… salvo la realidad.
El triunfalismo es cómodo. La autocrítica, no. Pero sin crítica no hay avance.
La comunidad que siempre llega tarde
Castilla y León vive instalada en un bucle que ya no sorprende a nadie. Es el día de la marmota político:
- Ayudas que se anuncian con grandes titulares pero no logran los objetivos que prometen.
- Reacciones que llegan cuando el problema ya ha estallado.
- Planes que se presentan como "históricos" y acaban siendo parches.
- Servicios públicos que se dimensionan tarde, mal o nunca.
Mientras tanto, la población cae, los jóvenes se marchan y los sectores estratégicos sobreviven más por inercia que por impulso institucional.
La responsabilidad que nunca se asume
Resulta llamativo escuchar a un dirigente hablar de estabilidad, de "mejor momento", de "compromisos de cuatro años", cuando la propia comunidad autónoma lleva más de una década sin un rumbo claro.
Más llamativo aún es ver cómo se aparta a quienes le sostuvieron en el poder, cómo se incumple la promesa de no superar los ocho años en el cargo —una promesa inscrita en una ley de regeneración impulsada por él mismo— y cómo ahora se prepara para encadenar doce.
"La regeneración era para los demás. La permanencia, para él."
Una comunidad que merece más que excusas
Castilla y León no está mal por casualidad. No es fruto de la mala suerte ni de un ciclo económico caprichoso. Es consecuencia de decisiones políticas, de prioridades equivocadas y de una incapacidad persistente para mirar más allá del corto plazo.
No se puede pedir confianza mientras se niega la evidencia.
No se puede hablar de futuro mientras se repiten los errores del pasado.
No se puede liderar una comunidad que se vacía sin asumir la parte de responsabilidad que corresponde.
El territorio pide otra cosa
La gente de Castilla y León no pide milagros. Pide coherencia. Pide planificación. Pide que se deje de gobernar a golpe de titular y se empiece a gobernar con visión. Pide que se escuche a quienes viven aquí, no solo a quienes aplauden desde los despachos.
Pide, en definitiva, que se deje de repetir el mismo día una y otra vez.
Porque esta tierra tiene futuro.
Lo que no tiene es tiempo que perder.
Carrusel: Castilla y León no avanza repitiendo el mismo día

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