El Mercado Norte ya no existe. Lo tiraron. Y con él desaparecieron las concesiones, los derechos y cualquier excusa administrativa que pudiera justificar seguir mareando la perdiz. Todo quedó borrado con la demolición. Y en su lugar, en el punto más estratégico de Burgos —la intersección perfecta entre la ciudad histórica y el Burgos moderno, el lugar idóneo para un transporte intermodal que nunca llega— lo que tenemos hoy es un agujero. Literal y político.
De la Rosa dio la primera patada a la lata. Colocó un mercado provisional sin proyecto definitivo, sin financiación y sin horizonte. Un gesto de manual: aparentar movimiento para ocultar que no había nada detrás. El provisional se plantó en medio de la plaza de España como si fuera un triunfo, cuando en realidad era la prueba de que el problema se estaba empujando hacia adelante sin resolverlo.
Ayala, del Partido Popular, llegó después y está preparando la segunda patada. Primero se aferró a la concesión privada con una fe casi teológica. Aseguraba que había interesados, que la fórmula era viable, que así se resolvería. No era verdad. Nunca lo fue. Le costó ver la evidencia y más aún aceptarla. Cuando por fin lo hizo, ya habíamos perdido el momento perfecto para apostar por la financiación pública, ese que Decide Burgos defendió desde el principio mientras otros seguían recitando mantras sobre inversores imaginarios.
Hoy, en el presupuesto, solo hay una cantidad simbólica, suficiente para decir que el proyecto existe pero insuficiente para mover un ladrillo. Ahora la alcaldesa ha pedido un crédito, pero el problema no es pedir dinero. El problema es saber gastarlo y poder ejecutarlo, dos verbos que en Burgos se conjugan siempre en futuro hipotético. Mientras tanto, el proyecto da vueltas, se mezcla con otros planes, se encarece a cada giro y sigue sin arrancar. Cada mes se lanza una noticia para que no parezca que está muerto, pero está muerto. Y cada titular nuevo es un recordatorio de que seguimos exactamente en el mismo sitio.
Los comerciantes, por su parte, no presionan porque no necesitan presionar. Están bien donde están. Más visibles, más cómodos, más transitados. A nadie parece incomodarle que el mercado esté plantado en mitad de una plaza, así que el asunto se ha disuelto en una calma que solo beneficia a la inacción. No hay conflicto, no hay urgencia, no hay prisa. Y cuando no hay prisa, Burgos se queda quieta.
Y así hemos llegado hasta aquí: De la Rosa nos dejó un provisional sin futuro. Ayala nos ha dejado un agujero sin presente. Y Burgos, que tenía ante sí la oportunidad perfecta para levantar un edificio emblemático que hablara de avance y de progreso en el corazón de la ciudad, se encuentra otra vez mirando un solar. Un vacío donde debería estar creciendo un mercado moderno, útil y digno de una capital que aspira a algo más que sobrevivir a sus propias dudas.
Otra legislatura por delante. Y ya veremos. Porque en Burgos, cuando algo importa de verdad, siempre aparece alguien dispuesto a demostrar que también puede esperar.