
El proyecto de Burgos 2031 ha muerto. La eliminación en la primera fase de la carrera por la Capitalidad Europea de la Cultura es el epitafio de una candidatura que nació con los pies de barro. Pero no nos engañemos, esto no es una sorpresa. Es la consecuencia lógica de una forma de entender la política y la cultura que está a años luz de lo que Europa busca y de lo que una ciudad como Burgos merece.
Porque, ¿qué cultura es esa que se presenta en Madrid con una gran foto de unidad mientras en casa se practica a diario la cultura del ruido y el enfrentamiento? ¿Qué proyecto es ese que habla de participación ciudadana pero se gesta en la oscuridad de los despachos y se presenta a los medios en fiestas que parecen más un acto de compra que una comunicación honesta?
Se nos ha vendido la imagen de una gran nave, un proyecto de consenso que representaba a toda la ciudad. Pero esa nave solo tenía sitio para los políticos y sus asesores. Una nave que zarpó hacia Madrid para buscar el aplauso y la foto, mientras dejaba en el puerto a la verdadera tripulación: los creadores, los colectivos, los barrios, la gente.
Un proyecto cultural no se compra a peso ni se escribe en un acta. No es un dossier técnico lleno de palabras grandilocuentes. Un proyecto cultural se gesta en la calle. Nace de cómo se transforman las plazas, las gentes, los barrios de la mano de la cultura. Es un proceso vivo, que se alimenta del diálogo y la participación, no de la imposición y el secreto.
La candidatura de Burgos ha sido exactamente lo contrario. Un proyecto de arriba abajo, diseñado por unos pocos para el lucimiento de unos pocos. Un proyecto que confundió la cultura con un evento y la participación con una jornada de post-its de colores. El jurado europeo, simplemente, no ha picado. Han visto el cartón piedra.
Lo que ha fracasado en Burgos no es un proyecto cultural. Lo que ha fracasado es la cultura de la propaganda, del titular fácil, de la foto impostada. La cultura de quienes creen que la unidad se decreta por ley y que la participación se simula con un par de reuniones.
La verdadera cultura es otra cosa. Es la que transforma a las personas y las hace más críticas. Es la que teje comunidad en los barrios. Es la que apoya al artista local en su taller precario. Es la que abre los teatros y los museos a quienes nunca han entrado en ellos. Es la que escucha antes de hablar.
Este fracaso es, en realidad, una oportunidad. Una oportunidad para que Burgos se mire al espejo y se pregunte qué tipo de ciudad quiere ser. Una oportunidad para que los ciudadanos reclamen el lugar que les corresponde en la construcción del futuro cultural de su ciudad. Y una oportunidad para que los políticos aprendan, de una vez por todas, una lección de humildad.
La cultura no les pertenece. La cultura es de la gente. Y cualquier proyecto que olvide eso, está condenado, como este, a estrellarse contra el silencio de las calles.
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