
El Ayuntamiento de Burgos presentó un superávit al concluir el año 2025, un dato que comunicó con satisfacción. Ese mismo día, sin embargo, anunció la elaboración de un plan de ajuste destinado a equilibrar los ingresos y los gastos, justificando la medida al señalar que "la tendencia al alza de los gastos obliga a reforzar la vigilancia sobre la sostenibilidad financiera".
Resulta evidente que un paciente en buen estado de salud no requiere un plan de ajuste.
Es necesario comprender en qué consiste exactamente dicho superávit, ya que los gastos del Ayuntamiento superaron los ingresos obtenidos mediante sus recursos propios. El saldo positivo se logró, en realidad, recurriendo al ahorro acumulado en ejercicios anteriores y mediante la contratación de nueva deuda para financiar parte del gasto. Sería análogo a que una familia declarara un superávit porque ha utilizado sus ahorros y ha solicitado un préstamo para cubrir las facturas del mes. Técnicamente no se incurre en déficit, pero el ahorro disponible se ha reducido de manera significativa y ha sido preciso acudir al crédito.
La regla de gasto, que impide a los ayuntamientos incrementar el gasto por encima de lo establecido, se ha respetado, aunque por un margen muy estrecho, y no precisamente por su capacidad de inversión, sino porque cada día nos cuesta más abrir la ciudad. Así lo advierte la propia Intervención General del Ayuntamiento en su informe, señalando que el margen de maniobra fue casi inexistente. Además, la autonomía fiscal del municipio —es decir, su capacidad para financiarse con recursos propios sin depender de transferencias estatales o de crédito bancario— muestra una preocupante tendencia a la baja.
Y todo esto después de cuatro años sin liderazgo ni rumbo claro al frente de la ciudad. Un gobierno municipal que ha carecido de capacidad de planificación, que no ha logrado materializar sus propuestas, que llega tarde a todo, que esconde su inacción bajo titulares protectores que pagamos todos, y que ha equiparado la gestión pública con el arte del anuncio. El estadio de fútbol, el Mercado Norte —cuyo coste ha seguido incrementándose debido a la inacción—, los aparcamientos en altura, Xpande, el bulevar de Gamonal y las instalaciones deportivas son ejemplos palpables. A ello se suma la candidatura a Capital de la Cultura 2031, para la cual el Ayuntamiento tenía previsto comprometer una cantidad millonaria. Las actuaciones en polígonos industriales acumulan polvo en planes de papel mientras las promesas se alejan con las noticias que hemos conocido.
En la actualidad, ante la falta de margen financiero, esas perspectivas se alejan aún más. Los recursos disponibles —acumulados durante años de suspensión de las reglas fiscales— se gastaron sin criterio ni planificación, con el ímpetu de quien cree contar con riqueza ilimitada. Se destinaron fundamentalmente al patrocinio, a las subvenciones y a incrementar sin fin el gasto corriente en contratos que ahora tendrán que limitar. Cuando finalmente se aprobó la norma que habría permitido emplear esos ahorros de manera ordenada durante un trienio, Burgos ya los había consumido.
Otros municipios, actuando con mayor prudencia, optaron por esperar. Ahora disponen de margen de maniobra. Burgos, por su parte, se enfrenta a un plan de ajuste.
La liquidación definitiva del presupuesto para el año 2025 está próxima a su publicación. Este documento proporcionará las cifras definitivas y contrastadas. Sin embargo, el diagnóstico ya se encuentra disponible, presentado por la propia Intervención municipal.
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